lunes, 6 de marzo de 2017

Tiene poder el olor

Tenías toda la razón. Los olores saben revivir los recuerdos. Y es más: saben hacerlo de manera quizá más fuerte que las imágenes, los sonidos o hasta la música. No, más que música más bien no. Pero igual: tenías razón.

(Es lo cómodo de tener un blog en español, cuando por ejemplo una persona cómo K., o sea la que tenía razón, no hable ese idioma.)

Hay algo en el aire de Chiquitanía – el lejano oriente boliviano – que me hace acordar de estado Sucre, el lejano oriente venezolano. No sé con exactitud que es eso: alguna yerba, fragancia de un árbol, olores del pasto o simplemente la húmedad calentada hasta temperaturas exorbitantes, que parece hacer sudar no solamente a los seres humanos, sino tambien a las plantas, los automóviles y al asfalto.

Santa Ana

Tiene poder el olor. Pasé varias semanas o hasta meses en el altiplano peruano y boliviano donde, en general, no hay muchos olores porque, en general, no hay mucha vida. En las cercanías de Uyuni yacen solamente los campos arenosos de quinua que no creció éste año por falta completa de lluvias. Largos monticulos de tierra seca y gris siguen esperando las gotas de lluvia que no llega. Uno quisiera decir: que no llegará nunca, y entonces ya los ultimos poblados de altiplano desaparecerán. Los jovenes bajaran a la selva, los viejos morirán no tanto de hambre, sino de pena.

Altiplano

* * *

Tiene poder el olor que cuando uno baja del altiplano a los valles, el alma se alegra. Cada uno de los árboles por separado hacen nacer una sonrisa, cada uno de los pájaros se puede escuchar por separado también, pero en cuanto a los olores – eso es una tormenta que puede hasta emborrachar con su abuntante variedad. Pero tambien en éste caso, despues de largo ayuno en los altiplanos, la nariz no solo inhala ésta sopa espesa de fragancias mezcladas, sino sabe distinguir cada uno de sus ingredients. Y ahí fue que una de ellos me hizo acordar de Río Caribe. Y no solamente acordarme, sino que me pintó en la cabeza la imagen completa de aquellas mañanas en la casa vieja de Daniel, que ya ni es de Daniel, porque todo cambia, Mercedes Sosa, cambia, todo cambia.

Pasa que me levanto temprano. Me gustan las mañanas, especialmente en las de tierras cálidas. Ahí la mañana es el único momente fresco del día, así que simplemente no me lo puedo perder. Así mismo en Río Caribe me levantaba primero y iba a la cocina espaciosa a luchar con la cocinilla electrica. Gas no había, por supuesto, es Venezuela 2015 ya. Entre Río Caribe y Carúpano hay una sucursal de la empresa nacional que distribuye el gas – y es monopolista en ésto, por supuesto, en un país que tiene una ley antimonopolio – y ahi, en el portón, alguien dejó un cartelcito pintado a mano: „no hay gas”. Me provocó preguntar: „¿entonces que es lo que hay?”, pero no había nadie para hacerle ésta pregunta.

Leyendo en Río Caribe
La cocinilla electrica tenía un cable que cada día se hacía más corto. Es que el cable era demasiado delgado y por eso, despues de un tiempo de trabajo – un tiempo relativamente corto – la parte del cable que se conectaba con la cocinilla se quemaba. Había que desconectar, esperar que el aparato se enfriase un poquito, luego quitar un poco de plastico que cubría el alambre escondido en el cable y conectar el alambre con la cocinilla. Afortunadamente el enchufe se encontraba bajito, o sea que no se necesitaba un cable muy largo, sin embargo, despues de dos semanas de mi estadía, la cocinilla casi que colgaba de la pared. Le hacíamos soportes con piedras, pero un día, a pesar de todos esos esfuerzos, el viejo cable desapareció por completo. Y ahí si, hubo que poner otro.

Primero: café. Había traido una bolsa de Fama de América desde Caracas, comprada en el mercado negro de Petare, por supuesto, si bien me acuerdo en ese entonces el paquete de medio kilo costaba 500 bolívares. ¿Se nota que me gustan los recuerdos? Sí, me gustan. A veces los considero un vicio, pero bueno, todos tenemos por lo menos uno. Me ponía ropa posiblemente fea, llevaba sólo el dinero necesario para las compras y bajaba a la estación de metro Bellas Artes. En La California bajaban todos los blancos, quedaba yo y la colorida mezcla petareña. Luego estación Petare, arriba por la escalera, por la puerta a la calle y a buscar: azucar, harina, leche en polvo, jabón, y, por supuesto, café.

Café colado, Lilia Vera, sueños de café colado, le echa cuentos al ganado ñenguere madrugador. Éste café sí lo tomo con azucar, pero ha de ser moreno o papelón. Así me trae a la boca todo el cosmos caribeño encerrado en el sabor mañanero con pequeños granitos de café molido que siempre de alguna manera pasan por la tela del colador y se quedan en los dientes. Ahí estaba entonces yo, la cocinilla enfriandose ya poco a poco, la tasa de café sobre la larga mesa de madera, la alta ventana que salía a la calle – abierta, y desde la calle siempre cuando caminaba alguien, echaba un vistazo a la cocina, a la mesa, al hombre extraño tomando café y leyendo extensas narraciones de José Manuel Briceño Guerrero, por ejemplo. Luego venía Daniel, ponía la radio noventa y ocho punto uno, el nivel más alto, de Margarita, Alí Primera, Margarita, a la Virgen no se quiere solo con perlas, de donde nos enviaban a travéz del mar, merengues orientales y galerones.


Bueno, lo de galerón realmente no hacía falta. Por las tardes en la esquina, la misma esquina donde estaba situada la casa de Daniel, se sentaba un viejo ciego con su cuatro y le cantaba galerones a los que pasaban, al puesto de loterías de en frente, al camion de pollos asados al terminar la calle, al cielo medio nublado y al aire sabor a bolas de cacao. Siempre alguien se sentaba con el y yo, cómo al fin y al cabo soy medio tímido, nunca me senté. A unas tres o cuatro cuadras de alli funcionaba la emisora de Río Caribe que – según dicen – pasa entre otras cosas la música de autores locales – y sí, los hay, pues el mismo Gualberto Ibarreto nació ahi cerquita – y siempre me preguntaba si al ciego se podría escuchar a la vez en la radio y en la esquina. Y cuando grababan su música, lo hacían ahí mismo, o lo llevaban al cuartico de la emisora ubicado en una de tantas casas coloniales del pueblo de colores quemados por el sol del trópico.

Río Caribe

La harina de maíz que había traido de Caracas – Petare, estación de metro, la gente blanca baja En La California, etc. - se terminó rápido. Daniel conseguía harina de maíz tostado y producía arepas de eso, pero hay que decir, valorando todo el esfuerzo de Daniel, sabían asqueroso. Cuando vino Genessis ibamos a comprar pan por las mañanas, pero luego tambien con el pan la cosa se volvió nada facil. Descubrimos que en un barrio que, cómo todos los barrios venezolanos, escala desde el pueblo a la montaña cercana, hay una panadería escondida. El único detalle fue que era lejos y había que ir dos veces o tener suerte. O sea: ir una vez, decir: 10, 15, 20 panes, y luego ir otra vez a la hora indicada a recogerlos. O tener suerte de encontrar panes hechos de una vez. Rara vez pasaba.

En éste tiempo todavía se conseguían huevos, asi que arepa, o arepa de maiz tostado, o pan y huevo. Huevo frito, de preferencia, sólo que no había aceite. Daniel trabajaba en la fábrica de chocolate donde siempre sobraba algo de manteca de cacao. Y aunque cierto es que la manteca de cacao huele riquisimo, y en especial sirve para untar el cuerpo mío y el cuerpo tuyo antes de hacer el amor, los huevos fritos en manteca de cacao saben por lo menos raro. Pero bueno, eso es lo que hay, eso es lo que había. Una vez me puse en serio a buscar el aceite: me dijeren que alguien vende ahí arriba por el cementerio, luego que más bien abajo, más alla de la última de las avenidas (que son cuatro), pero en fin no he encontrado nada. Huevos con manteca de cacao, por qué no.

En cambio Daniel comía sardinas. Trataba de quitarle esa costumbre, porque la nevera y toda la cocina despues de abrir la nevera por un sólo ratico olía de manera insoportable a sardina, pero era una tarea dificil. Compraba yuca, ocumo, auyama, bueno, lo que había, pero el con su sardina y bueno, se entiende, dos kilos por cien bolos, ¿te imaginas? Cojinua vendian por ochocientos. Cuado vino Lourdes compró un kilo y una vez comimos pescado que no olía tan mal como sardina.

Pero es que Lourdes se la sabía. Es del puerto, de Carúpano, y compraba pescados desde niña, mientras ni Daniel, ni menos yo. Se agachaba, miraba por un lado, por otro con ojos más vivos que los de las aves gigantes que se sentaban algo más arriba esperando el momento propicio para robar algo de lo que vendían los pescadores de piel canela o hasta negra de tanto navegar.

Y así, así fue que preparamos un almuerzo esquisito un día de aquellos, y de todo lo dicho me acuerda un solo olor a los matorralos del oriente boliviano. Tiene poder el olor. Y la memoria, donde no se cambia mucho, otra vez Mercedes Sosa, pero no cambia mi amor por más lejos que me encuentre y el recuerdo y el dolor de mi pueblo y de mi gente. Tiene poder el olor.

* * *


Me encuentro en Concepción, Llanos de Chiquitos, Bolivia. Está lloviendo. Ayer el calor era insoportable, y ahora la lluvia, que rico. Hace rato que no lo hacía: me desprendí algo de mi vicio, mis recuerdos. Es que pasaban cosas, había cambios, había trabajos y otras cosas de pensar: el libro ya publicado, algunos textos nada malos por ahi, por alla (en polaco, me disculpen), cambios de clima, nuevas sensaciones, pero también la conciencia: el recuerdo, mi vicio, es poderoso, puede agarrar y exprimir de uno la sobria voluntad de trabajar, de seguir adelante, de mirar hacia el futuro sonriendose, de sentirse fuerte con los planes y visiones, de sentirse bien sólo. Es que el recuerdo te recuerda no solamente de las aves del puerto de Río Caribe y de metro de Caracas, sino de Daniel (arepas), de Genessis (pan y guiso de berenjenas), de Lourdes (cojinua), de, en fin, de la gente, o mejor dicho: de las personas, de cada una de ellas por separado. Y ahí sí te das cuenta, que realmente hacen falta, te imaginas la alegría que darían estando acá contigo o estando tu allá con ellos, aunque ya no estén donde antes. Recien lo leí, creo que en Strzezysz, que si en cada lugar por donde paso dejo una parte de mi, sería ya un colador, sueños de café colado, no quedaria ya mucho de mi. O más bien es que por donde paso y a quien lo encuentro, asimilo una parte de esa persona, o mejor dicho: intercambiamos un pedacito de nosotros y entonces ya no soy una persona, sino varias, muchas, aunque esas otras personas esten dormidas. Pero cuando a ratos a mi nariz vienen ciertos olores, estas otras personas en mi se despiertan, así como me despierto yo al solo ver a la serpiente humeante que se levanta de la tasa de café por las mañanas frescas de Río Caribe o de donde sea.   

1 comentario:

  1. Me traslade contigo a ese ambiente, es inolvidable, pero cambiante, cuando se vuelve el tisudi tiempo le da otros colores, tonos diferentesbien por ti, tienes buen verbo, cuídate

    ResponderEliminar