miércoles, 22 de junio de 2016

¿Ya te has acostumbrado al calor?

Bajando de la sierra ecuatoriana hacia la costa mi corazón experimento toda clase de alborotos.

Lagunas de Mojanda
Practicamente mi viaje entero de dos años y medio había pasado en zonas calientes. De vez en cuando hubo que subir a la montaña, pero fueron eventos puntuales. Tal cual: se subía y casi inmediatamente se bajaba de vuelta al calorcito, hacia el otro lado de la cumbre. Pero ésta vez, en Ecuador, permanecí dos meses enteros en las alturas cercanas a tres mil metros sobre nivel del mar.

Ahí trataba con la gente significamente más timida, quizas cerrada, o quizas fue solamente la impresion, la forma, quien sabe. Lo cierto es que por supuesto usan su jerga, su acento todo andino, su canta´ito  que les hace poner "ya" en cada frase, a veces dos repitiendolo ("¿Ya te irías ya?").

En la sierra los olores son otros, ni el humo de madera sabe igual puesto que la madera tambien es otra. Otra es la comida, el paisaje, el ritmo, y - primero que todo - el clima. Hace frio pues, y más cuando - como aparentemente pasa éste año - el invierno no cesa y sigue lloviendo todo el junio Anno Domini 2016.

Aún no esta lloviendo, pero ya te viene la nube, joder...
Nevó.
Del Altar caían cascadas (es por Riobamba, provincia Chimborazo).

Solo bajando hacia Huigra me dí cuenta, que estuve ahí, en la sierra, como en destierro. Si me acuerdo bien, fue Tischner quien decía que la melancolía mata a la voluntad. No sé. Lo cierto es, qué en éste preciso caso - o sea cuando estuve bajando via Huigra - el golpe de recuerdos fue tan organicamente corporal, carnal, que no pude controlarlo con la conciencia, con la voluntad o con lo que tu quieras.

Aspiraba los aires de las tierras calientes y casi que los ojos se me llenaban de lagrimas. "Voy a llorar" me decía, aunque al final no he llorado.

Unas tierras calientes.
El pesado, sofocante olor a vida entró a mis pulmones. Desde un paseo por las montañas cerca de Quetzaltepeque, Guatemala, reconozco en cualquier circumstancia el olor de las yerbas de mil quinientos metros sobre nivel el mar. Es... No sé, tendrian que olerlo, pero es muy caracteristico. Luego, o sea: mas abajo, se hace cada vez más denso. Aparecen otras plantas y aunque no sepa sus nombres, supe cuando llegaban a mi nariz una por otra. Con ellas aparecian en mi mente imagenes y vivencias pasadas de las costas colombianas, de Venezuela, de Panamá aún (que eso último me sorprendió más, porque ese país, Panamá, no me gustó mucho que digamos).

Inhalaba con fuerza, a todo pulmon, me llenaba de recuerdos. En la cara se me pintó - sin que lo pretendiese - una sonrisa incondicional, brillante, feliz. Desde las nubes salió el sol, calentó el asfalto negro y ese calor se me subió por las piernas hasta la cabeza.

Otras tierras calientes.
Abajo, en Huigra, me saludó un pueblo de casas pegaditas, de paredes sucias y el aire macondino. El dueño del unico comedar estaba afuera, sentado detras de una mesa plastica. Esperaba clientes que nunca llegaron. Vi una mujer con el culo gigante y sonrié. Me estaba acercando a la costa, no hubo dudas. Fugazmente pasó una joven linda con el inconfundible sabor a playa. Sonó reggaeton en vez de disco andino (por cierto, ambos generos considero algo asquerosos, pero de manera diferente).

Entre tanto me dí cuenta, que éste tipo de emoción, éste agitar de corazón, proviene no del calor, ni del tiempo ni los olores de platano maduro en un sarten con aceite diez veces quemado, sino de personas cuales se encontró en tales circumstancias: con pesados aires selvaticos, en cañaverales y con cerveza barata y caliente. De hecho, cuando unos kilometros más abajo encontré una quebrada para bañarme, y cuando por fin cambié las botas de frío a las chanclas de siempre, quería abrazar a alguien, sentí como si volviera, quería saludar y que alguien conocido me saludara, pero no hubo nadie. Porque cuando los elementos, éste ambiente del pasado vuelve de repente, presentimos inconcientemente que con ello volverán tambien las personas del pasado, con cuales la pasamos bien, aunque tal presentimiento no tenga ni el menor sentido, pues Ecuador no es ni Colombia, ni Venezuela, y menos Panamá.

Lo maravilloso es saber, sin embargo, que nuestros cuerpos son tan independientes en su sentis, que no aceptan esa simple logica.

(sonrisa : ) )
Con los siguientes kilometros el calor subia mientras el corazón se me acercaba a la garganta (y no fue por velocidad... bueno, tambien). En Sural, donde dormí en lo que antes era una escuelta, por la mañana me trajeron desayuno. Dijeron que dejase los platos en la puerta. Luego, cuando salí de todas las curvas de la bajanda interminable me encontre en Clementinas. Compré una mano de bananos y pasé un rato hablando con la señora. Elejí un camino de tierra que se adentraba por entre los platanales caseros y pastos del ganado zebu. En esa carretera polvoriente el calor se respiraba, se tragaba. Soñaba - ¿o presentia? - pronto llegar asi a Necocli o Tolú, donde me saludarian los hombres jugando su domino de siempre con acompañamiento del vallenato inmortal y sus tragos de aguardiente desde la mañana temprano, las señoras trigueñas en las panaderias de buñuelos y el café siempre aguado, dulce y barato.

Llegué a Ventura, un pueblito perdido en la selva con sus calles pedregosas de tierra amarilla, que bien podria servir por Capurgana, de mis recuerdos. Pero no encontré ni vallenato, ni las señoras, ni panaderias, ni café, ni ampanadas, ni un coño. (Es que, ¡coño!, cómo puede vivir la gente sin empanadas y salsa tártara, que es eso, vale.) Me quedé, sin embargo, esperando a algo, o alguien conocido, aunque fuese un sonido, un olor, una sombra. No sabía, simplemente, que hacer con ese conjunto de sentimientos que me devoraba de por dentro.

Extraño, no puedo no extrañar.

Guayaquil se parecé a Caracas con sus avenidas anchas y el dinamico aire metropolitano mezclado con el relajo de la provincia. Me quedo a media cuadra de calle Colombia y una cuadra y media de calle Venezuela. Curioso.

Se me acerca alguien y pregunta: ¿Ya te has acostumbrado al calor?

Deja los platos en la puerta.
Sural
Ventura desde arriba
Ventura de cerca
Cosecha de caña, Guayas







martes, 26 de abril de 2016

Los venezolanos hacen negocios en Colombia


En Manizales hay un local llamado Chamo Café. Se promociona como el lugar con la verdadera comida venezolana. Y – por cierto – es venezolano en todo aspecto, es venezolanisimo (casi tanto como el programa ¨Orientales y venezolanisimas¨ en la emisora margariteña SuperStereo 98.1 por las mañanas).

La pared de la barra está decorada con palabras como: na´guara, guayoyo, curda, epale, etc. Lo que hay pa´ comer es – y no pudo ser otra cosa – arepa. Hay reina pepiada, hay de carne mechada y un poco de cosas más, aunque lejos de la oferta que dan a sus clientes los puesticos de comida al lado del Mercado Periferico en Mérida (la gran arepera nocturna, donde comen todos los taxistas, mi favorita; y no, en Chamo Café no tienen ni molleja (¡qué molleja!), ni huevo de codorniz, ni ese mil millones de botellas con salsas diferentes que siempre se encuentra en Venezuela). 





El hombre que trabaja en el local es un tipico trabajador venezolano: está enojado por tener que trabajar. Por supuesto, si uno viniera con un pana del tipo, todo sería muy diferente! El tipo se volvería alegre, dando palmaditas y echando vaina, pero como entramos sin ningun pana de él, pasamos casi por desapercibidos, sintiendonos culpables por haber entrado.

Las arepas estan decentes, aunque algo pequeñas. Y medio cariñosas: 5 mil pesitos por una reina pepiada, si me acuerdo bien, que son casi dos dolares, o sea: 2 mil bolivares. Y aja, yo se que comparar cualquier cosa con los precios de ahora en Venezuela no tiene sentido, pero por 5 mil pesitos en Colombia uno puede tragarse un almuerzo completo, con sopa, seco, jugo y una sonrisa de la cocinera.

Pero pongan cuidado ahora: ¿saben que resultó más venezolano de todo? La amiga, que se fue a visitar Chamo Café conmigo, pidió café. Con leche. ¿Y qué, qué pasó, ya saben? No hubo leche jajajajajaja, qué risa :D. Casi que me caí del asiento. „Ya va – digo yo al tipo – no me digas que no conseguiste leche en Colombia!”. Medio me explicó que la compañera del trabajo iba a traer la leche, pero no llegó, y que eso, que aquello... Pero sí, con eso de „hay solamente cafe negro, porque no tenemos leche” me sentí en casa.

Como lo escribí en el ultimo articulo, ví el Chamo Cafe entrando por la noche a Manizales. Me acerqué para saludar, como si fuese un café polaco. Curioso.

Y ahora mismo – dió la casualidad – me encuentro en Tulcan, en el Nudo de los Pastos, hace 200 años más godos que un carajo. Pero yo, por supuesto, me quedo en un lugar tan patriota como avenida Bolivar, en la vecindad de las calles Junin, Ayacucho y Boyaca: ¡más bolivariano – imposible! Y bueno, mañana sigo hacia Ibarra, donde en 1823 Simoncito venció al coronel pastuso Agualongo. Y luego más al sur, hacia Ayacucho, ¡a paso de vencedores!

martes, 1 de marzo de 2016

Chocó - la Colombia negra

Ya hace tiempo desde que este blog se volvió todo un cuaderno de cartas a los venezolanos, así que ya no tengo que pretender como si no fuese así.

Apoyamos vinotinto, ¡apoyemos al físico en su camino! (obviamente mi franela es la chimba a mil bolos en mercadolibre) fot. Piotr Strzeżysz